viernes, 17 de julio de 2009

5º. LA SANGRE DE LA TIERRA

26.06.2009. La ciudad se despierta cuando salimos de Estella. Es más grande de lo que yo pensaba. Nada más salir de Estella nos encontramos con la fuente del vino, la de bodegas Irache. Este es uno de los iconos del camino. No hay quien no pare y se pegue un trago de vino a pesar de que sólo caen unas gotas. Presiento que toda esta etapa va a estar marcada por el vino, la sangre roja de esta roja tierra vestida de verde.

Con el sabor del tintorro en el paladar nos adentramos entre viñedos. A la derecha y a lo lejos queda la sierra de Urbasa como cerrando el paso con sus paredes verticales indicándonos que debemos de continuar hacia poniente.

Entre los peregrinos que adelantamos me llama la atención dos mayores que van en bici. Deben de tener no menos de 70 años y van con bicicletas que parecen de paseo. A pesar de todo continúan por el camino y, a aunque la señora se apea cuesta abajo, el abuelo se mantiene firme y rueda por el camino lleno de piedras.

Algo más adelante me topo con lo que parece ser una fuente o estanque junto al camino. Se trata de una construcción antigua, a la que se accede a través de un doble arco de medio punto y, bajando unos quince escalones encontramos una piscina o aljibe de agua donde se adentran los escalones. En el medio, un pozo cubierto asimismo por el agua. Me entero de que se trata de una fuente gótica del siglo XIII llamada Fuente de los Moros. Lástima de baño que me pierdo, pero son las 8.30 h de la mañana y no apetece aún.

Otra cosa a destacar son los cementerios. Los hay de todos los tipos, profusamente decorados, sobrios, con jardines, de piedra tallada, etc. pero, es común a todos ellos el encontrarse fuera de la población, alejados, como si los vivos no quisieran tener relación con los muertos.

En Los Arcos desayunamos a la sombra de su iglesia. Es este un pueblo que merece la pena visitar a pesar de la mala leche que se gastan las señoras de los comercios cuando tocas el género.

Pasamos por Viana, por cierto con una gran animación y algo más tarde llegamos a Logroño. Lo más destacable de esta ciudad (al menos desde mi opinión) es la calle de las tapas: calle del Laurel y aledaños. No recuerdo en cuántos bares entramos, ni cuántas tapas, cañas o vinos
tomamos, sólo recuerdo ir de un bar a otro dejando las bicis en la puerta de cada uno. Y si interesante son los bares, ¡que voy a contar del parque por el que atraviesa el Camino!





A la salida de Logroño podeis encontrar esta maravilla que, sobre todo si os pasa como a nosotros que vais zigzagueando riojamente, y son algo así como las cuatro de la tarde, resulta pecaminoso no tumbarse sobre su mullido cesped y echarse una sana siesta del peregrino.









Y bueno, Logroño también tiene Catedral: fijaros en el bajorelieve del frontón de la entrada, a ver que le veis al caballo de Santiago. Exactamente eso.

Hasta Najera, viñas, viñas y más viñas. Y después de Nájera viñas, viñas y más viñas. Nájera merece la pena, destaca su color rojizo de piedra entre tanto verde. A la entrada del pueblo algo insólito, una fuente dentro de un tonel de vino (no podía ser de otra manera) y un descansadero puesto allí por los dueños de la vecina casa para regocijo del peregrino sin pedir nada a cambio, sólo que no dejes basura. Rex extra commercium- cosa fuera del comercio, insólito en este
"Comercio de Santiago".

Y así llegamos a Azofra, pequeño pueblecillo que como no tiene nada de monumental pues le han construido uno de los mejores albergues del Camino con habitaciones para dos. Dejamos a Javi en una de ellas solo, y a pesar de haber mozas casaderas en el albergue y ser observado por ellas de una manera muy natural, no tiene éxito.

Llego agotado, literalmente agotado. Llevo tres días pedaleando y cada vez que me paro y vuelvo a empezar me duelen las piernas, cosa que no me ha pasado nunca y llevo muchos años pedaleando. También empieza a escocer el culo y la pomada que traía casi se ha acabado ¡menudo cachondeo con la vaselina! pero ninguno se queda sin untarse.

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